Domingo XXXIII Ciclo C. Tiempo Ordinario. Domingo 16 de noviembre de 2025. Jubileo de los Pobres

Mal 3,19-20a.  “Para ustedes brillará el sol de justicia”
2 Tes 3,7-12.   “El que no quiera trabajar que no coma”
Lc 21,5-19.      “Gracias a la constancia salvarán sus vidas”

Evangelio

Como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido. Ellos le preguntaron: Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder? Jesús respondió: Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: «Soy yo», y también: «El tiempo está cerca». No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin. Después les dijo: Se levantará nación contra nación y reino contra reino.

Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo. Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí. Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir. Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas.
 
Comentario

La destrucción del templo

            Las lecturas bíblicas de este domingo nos invitan a reflexionar sobre el tema del fin del mundo, ya que no estamos acercando a concluir o finalizar el año litúrgico, con la proximidad de la Solemnidad de Cristo Rey, y prepararnos a comenzar el 30 de noviembre el tiempo de Adviento. Por tal motivo, es oportuno pensar en las cosas que ocurrirán al final de los tiempos, cuando regrese el Señor, como Él lo ha prometido.

            El evangelio presenta la intervención de Jesús al escuchar a algunos que se sentían orgullosos por el majestuoso y hermoso, templo de Jerusalén. El Señor aprovecha para hacer una profecía: De lo que contemplan, todo será destruido. Este anuncio se cumplirá en el año 70 cuando el General Romano Tito, destruya el famoso templo, quedando en la actualidad las conocidas y publicitadas murallas de Jerusalén.

            Esta profecía era un anticipo de lo que ocurrirá al final de la historia, cuando este mundo pasajero, sea también destruido o transformado, y así inaugurarse el tiempo del Reino definitivo, como dice San Juan, los cielos nuevos y la tierra nueva.

            La destrucción del templo de Jerusalén, de este mundo, también se extiende a la muerte de Jesús, y su resurrección, cuando el Señor les diga a los judíos, destruyan este templo que en tres días lo volveré a reconstruir. Hicieron falta cuarenta seis años para construirlo y tú lo vas a derrumbar en tres días. San Juan aclara que se refería al templo de su cuerpo. Nuestro templo, o nuestro cuerpo también será destruido, esperando la resurrección final. Templo, mundo, Jesús, y cuerpo, están hablando de destrucción y renovación.

            Si no conocemos el tiempo del fin de esta historia, que solo Dios guarda como un secreto, si podemos distinguir entre el fin del mundo y el fin de un mundo, de una época. Ciertos mundos, como el imperio Romano, tuvieron también su fin. Nuestro fin, no será nuestro final, porque la esperanza en la vida eterna sostiene nuestro peregrinar y el de la Iglesia.

            Es importante saber que la destrucción de Jerusalén fue fruto de la cerrazón del corazón, y de la incredulidad de los mismos judíos. El imperio de Dios sobre el mundo anticipa su justicia.

            Esto nos lleva a reflexionar sobre la precariedad de esta vida, y la inseguridad de la existencia. Solo podemos estar absolutamente seguros en Dios, las otras son inseguridades. Como ha ocurrido u ocurre, una tragedia económica, una muerte imprevista, un colapso mundial, una catástrofe de la naturaleza, puede derrumbar proyectos y hacer girar la historia.

No se dejen engañar

Algunos grupos sectarios tienen una tendencia apocalíptica de amenazar extremadamente sobre los acontecimientos del fin del mundo, creando a veces miedo e incertidumbre entre la gente. El Señor nos dice: No se dejen engañar, porque estos descontrolados anuncios y fanatizados predicadores no garantizan la seguridad de sus palabras. Antes tienen que ocurrir otras cosas. No los sigan dice Jesús. Y esto es alentador y esperanzador para discernir y leer los verdaderos signos de los tiempos.

            No se alarmen aclara el Señor, tranquilícense, sigan trabajando en este mundo, que estas curiosidades no lo distraigan en el anuncio del Reino y de la construcción de la ciudad terrena. No vaya a ocurrir lo que le sucedió a los cristianos tesalonicenses, que se habían volcado a la ociosidad al creer la inminencia de la venida del Jesús, sin hacer nada y esperando con los brazos cruzados que los hechos hablen por su cuenta. Por eso San Pablo con firmeza dice, en la segunda lectura: El que no quiera trabajar que no coma. Nos enteramos de que algunos de ustedes viven ociosamente, no haciendo nada y entrometiéndose en todo. Trabajen en paz para ganarse el pan.

            Lo que, si es claro, es que este tiempo que nos toca vivir por gracia y providencia de Dios, es un tiempo de salvación y de conversión, es un tiempo de Dios para aprovechar al máximo. El tiempo no es oro sino gloria. El Señor esta esperando de nosotros ese día, que habla la primera lectura, no solo un día de juicio, sino de conversión: Llega el día. Pero para ustedes los que temen mi nombre, brillará el sol de justicia, que trae la luz en sus rayos.

Un serio peligro nos invade. El ritmo acelerado de esta vida, con sus apuros y stress, que impiden detener la marcha y disfrutar de la familia, los hijos, los espacios. Dijo brillantemente la Madre Teresa de Calcuta: Todos nosotros, si mirásemos mejor a nuestro alrededor, entenderíamos mejor a nuestros pobres. ¿Saben que hay mucha gente tan absorbida por el trabajo que no tiene tiempo ni para reír, para ayudarse los unos a los otros? ¿Lo saben?

La constancia nos salvará

Jesús habla a sus discípulos de guerras, revoluciones, catástrofes, hambre, persecuciones, cárceles, adversidades externas, pero también internas, en la misma familia: entregados hasta por sus propios padres y hermanos. Continúa profetizando que muchos morirán y serán odiados a causa de mi nombre. Aunque parezcan palabras desalentadores, son exigencias fundamentales para dar testimonio, de fidelidad y entrega. Dice Jesús: Les sucederá esto para que puedan dar testimonio de mí. Y cuantos mártires ratificaron estas palabras, empezando por el mismo Señor, los apóstoles y tantos hombres y mujeres santos que regaron con su sangre esta tierra para fecundar la semilla de nuevos cristianos. El dicho popular dice claramente: Las palabras vuelan, pero los hechos quedan.

            Cuando el evangelio se vive en serio, el católico molesto, es alguien incómodo para las conciencias que están enredadas en el mal y el pecado. El secreto está en la gracia de Dios, y en el dejarse convencer por la palabra de Dios, apoyado en su presencia y misericordia. Dice ese precioso libro, que es oro en polvo y trae palabras de fuego, camino, en el número 999: ¿Qué cuál es el secreto de la perseverancia? El amor. Enamórate, y no le dejarás.

            La inconstancia es un rasgo de la debilidad de la fe, aunque otros son constantes en otras realidades de la vida. Dice el documento de Aparecida: “Tenemos un alto porcentaje de católicos sin conciencia de su misión de sal y fermento en el mundo, con una identidad cristiana débil y vulnerable. Esto constituye un gran desafío que cuestiona a fondo la manera como estamos educando en la fe… un desafío que debemos afrontar con decisión, valentía y creatividad” (286/287)

Padre Luis Alberto Boccia. Cura Párroco. Parroquia Santa Rosa de Lima. Rosario