La Ascensión del Señor. Domingo 7º de Pascua. Ciclo A. Domingo 17 de mayo de 2026

Hc 1, 1-11.       “Los Apóstoles lo vieron elevarse”

Ef 1, 17-23.      “Lo hizo sentar a su derecha en el cielo”

Mt 28, 16-20.    “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra”

Evangelio

En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.

Comentario

Subió al cielo

“Jesús se manifestó a ellos dándoles numerosas pruebas de que vivía, y durante cuarenta días se le apareció y les habló del Reino de Dios”. El Señor permaneció resucitado 40 días con sus apóstoles. Este número habla de un tiempo completo, una etapa concluida, como sucedió en su cuaresma para iniciar su ministerio público. La diferencia reside en que ahora comienza una nueva etapa, la de reinar en el cielo y estar a la derecha del Padre. Esta solemnidad, es celebrada el jueves de la 6º semana del tiempo pascual, como ocurre en algunos países, cuando se cumplen los cuarenta días litúrgicos. En Argentina, se traslada al domingo siguiente, para facilitar la participación de los fieles.

Jesús no dejará huérfanos a sus discípulos. Les enviará el Espíritu Santo. Así dice la primera lectura: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra”. Su ascensión, palabra que eligió la teología para designar este misterio de la Vida de Cristo, recuerda primeramente el descenso del Señor a la tierra, como enviado del Padre, cuando por el fíat o el sí de María, se encarnó en su seno purísimo y nació como hijo de Dios, en el portal de Belén. Pero ahora también hay otro descenso, el del Espíritu Santo, el Paráclito, el que está llamado a estar junto a su Iglesia.

Luego de confirmar en la fe a los apóstoles, y darle sus últimas instrucciones, lo vieron elevarse al cielo. De este modo lo expresa el libro de los hechos: “Los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos”.

Jesús termina su misión visible en la tierra, se despide finalmente de sus discípulos. Pero antes que los apóstoles inauguren la misión universal, les dice, que esperen en Jerusalén, la venida del Espíritu Santo. Dice el texto: “Les recomendó que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre: La promesa, les dijo, que yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días” El Señor, no permite salir en misión, sino aguardan en oración la venida del enviado del Padre y del Hijo. Por eso la Iglesia, haciéndose eco de estas palabras de Jesús, se prepara también, con la tradicional novena la Paráclito, para recibir una nueva efusión de del Espíritu, que renueve, y santifique espiritualmente la vida eclesial.

“¿Por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir.” La partida del Señor, prepara el tiempo de la Iglesia, y es un anuncio de su segunda venida gloriosa, cuando regrese a juzgar a vivos y muertos. Pero también es un mensaje con doble sentido. Primero; no podemos quedarnos mirando al cielo, como esperando todo de Dios, sin un compromiso fraterno y caritativo en la tierra. Segundo, no podemos estar en la tierra con grandes actividades, pero prescindiendo de Dios, para la construcción del Reino en este mundo. Ni evasión, o alienación, de esta vida, como un desviado espiritualismo, ni activismo o secularismo, como un malsano voluntarismo.

San León Magno tiene un texto valiosísimo que es importante que se lo pueda meditar. Exponemos algunos pasajes, que sintetizan lo dicho en esta fiesta: “Él, cuando bajó a nosotros, no dejó el cielo; tampoco nos ha dejado a nosotros, al volver al cielo. Él mismo asegura que no dejó el cielo mientras estaba con nosotros, pues que afirma: Nadie ha subido al cielo sino aquel que ha bajado del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo. Esto lo dice en razón de la unidad que existe entre él, nuestra cabeza, y nosotros, su cuerpo. Y nadie, excepto él, podría decirlo, ya que nosotros estamos identificados con él, en virtud de que él, por nuestra causa, se hizo Hijo del hombre, y nosotros, por él, hemos sido hechos hijos de Dios. En este sentido dice el Apóstol: Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. No dice: «Así es Cristo», sino: Así es también Cristo. Por tanto, Cristo es un solo cuerpo formado por muchos miembros. Bajó, pues, del cielo, por su misericordia, pero ya no subió él solo, puesto que nosotros subimos también en él por la gracia. Así, pues, Cristo descendió él solo, pero ya no ascendió él solo; no es que queramos confundir la divinidad de la cabeza con la del cuerpo, pero sí afirmamos que la unidad de todo el cuerpo pide que éste no sea separado de su cabeza.” (Sermón 2 sobre la Ascensión del Señor).

El Salmo 46 nos invita a elevar nuestra alabanza y oración a Dios, a levantar los corazones, en todo momento, especialmente en las situaciones difíciles: “Dios asciende entre aclamaciones, asciende el Señor al sonido de trompetas…canten, canten a nuestro Rey…El Señor reina sobre las naciones, el Señor se sienta en su trono sagrado” Que nuestra alegre súplica tenga esta dimensión y orientación.

60º Jornada Mundial de las Comunicaciones sociales 2026

Con motivo de la solemnidad de la Ascensión y del mandato de Jesús: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos”, el Santo Padre León XIV nos deja su mensaje, publicado el 24 de enero, día del Patrono de los periodistas, San Francisco de Sales, «Custodiar voces y rostros humanos”. El Papa nos dice:

El rostro y la voz son rasgos únicos, distintivos, de cada persona; manifiestan su propia identidad irrepetible y son el elemento constitutivo de todo encuentro. Los antiguos lo sabían bien. Así, para definir a la persona humana, los antiguos griegos utilizaron la palabra “rostro” (prósōpon), que etimológicamente indica aquello que está a la vista, el lugar de la presencia y de la relación. El término latino persona (de per-sonare) incluye en cambio el sonido; no un sonido cualquiera, sino la voz inconfundible de alguien.

El rostro y la voz son sagrados. Nos han sido dados por Dios, que nos ha creado a su imagen y semejanza, llamándonos a la vida con la Palabra que Él mismo nos ha dirigido. Palabra que resonó primero a través de los siglos en las voces de los profetas, y luego se hizo carne en la plenitud de los tiempos. Esta Palabra —esta comunicación que Dios hace de sí mismo— la hemos podido escuchar y ver directamente (cf. 1 Jn 1,1-3), porque se dio a conocer en la voz y en el rostro de Jesús, Hijo de Dios.

La iluminación del Papa en su mensaje hace referencia a la I.A:

La tecnología digital, cuando se falla en su cuidado, se corre el riesgo de modificar radicalmente algunos de los pilares fundamentales de la civilización humana, que a veces damos por descontado. Simulando voces y rostros humanos, sabiduría y conocimiento, conciencia y responsabilidad, empatía y amistad, los sistemas conocidos como inteligencia artificial no solo interfieren en los ecosistemas informativos, sino que también invaden el nivel más profundo de la comunicación, el de la relación entre las personas.

El desafío, por tanto, no es tecnológico sino antropológico. Custodiar los rostros y las voces significa, en última instancia, cuidarnos a nosotros mismos.Acoger con valentía, determinación y discernimiento las oportunidades que ofrecen la tecnología digital y la inteligencia artificial no significa ocultar para nosotros mismos los puntos críticos, las opacidades, los riesgos. 

Esta fiesta nos invita a aprovechar, todos los medios de comunicación social, para anunciar la buena noticia del misterio de Jesús, Dios con nosotros. La primera comunicación es a través de la amistad y confidencia, con nuestros amigos cercanos. El espíritu del apostolado nace del ardor del corazón, intentando, y pidiendo el don de lenguas, para poder explicarnos y comunicar con sencillez el mensaje de salvación. Vayan, hagan, bauticen, enseñen, son las palabras que nos deja Jesús en este pasaje del San Mateo: misión, discipulado, celebración y catequesis, pilares en la formación cristiana.

Pidamos al Señor, ser apóstoles de la Ascensión, elevando el nivel de las conversaciones, subiendo el tono sobrenatural de las acciones, levantando a los caídos, animando a los tristes, poniendo esperanza entre los pesimistas. Sabemos que el pecado tira para abajo pero Dios y su gracia tiran para arriba. El cielo nos espera, pero ya puede estar en nuestro corazón, cuando recibimos su palabra y su amor. Jesús nos confió esta misión y tarea, que no terminara hasta que el vuelva. Es la hora de ser discípulos y misioneros de Jesucristo para que en El, tengan vida.

Padre Luis Alberto Boccia. Cura Párroco. Parroquia Santa Rosa de Lima. Rosario.

Podes acercar tus comentarios a esta homilía, por mail a pquiasantarosa@yahoo.com.ar

Padre Luis Boccia
Cura Párroco.

Parroquia Santa Rosa de Lima – Rosario.
Email: pquiasantarosa@yahoo.com.ar