Domingo 4° de Cuaresma. Ciclo A. 22 de Marzo de 2020

Domingo 4º de Cuaresma. Ciclo A. domingo 3 de Abril de 2011

 

1º Sam  16, 1b. 6-7. 10-13ª    “Y desde aquel día, el espíritu del Señor descendió sobre David”

Ef  5, 8-14                              “Antes, ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor”

Jn  9, 1-41                              “Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”

 

Evangelio

 

Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego? Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo. Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: Ve a lavarte a la piscina de Siloé, que significa Enviado. El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía. Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: ¿No es este el que se sentaba a pedir limosna? Unos opinaban: Es el mismo. No, respondían otros, es uno que se le parece. El decía: Soy realmente yo. Ellos le dijeron: ¿Cómo se te han abierto los ojos? El respondió: Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: Ve a lavarte a Siloé. Yo fui, me lavé y vi. Ellos le preguntaron: ¿Dónde está? El respondió: No lo sé. El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. El les respondió: Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo. Algunos fariseos decían: Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado. Otros replicaban: ¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos? Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos? El hombre respondió: Es un profeta. Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: ¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve? Sus padres respondieron: Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta. Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: Tiene bastante edad, pregúntenle a él. Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador. Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo. Ellos le preguntaron: ¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos? El les respondió: Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos? Ellos lo injuriaron y le dijeron: ¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este. El hombre les respondió: Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada. Ellos le respondieron: Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones? Y lo echaron. Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: ¿Crees en el Hijo del hombre? El respondió: ¿Quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: Tú lo has visto: es el que te está hablando. Entonces él exclamó: Creo, Señor, y se postró ante él. Después Jesús agregó: He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven. Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: ¿Acaso también nosotros somos ciegos? Jesús les respondió: Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: Vemos, su pecado permanece.

Comentario

 La luz y las tinieblas

Este cuarto domingo de cuaresma, es el domingo de la alegría, llamado domingo laetare, como un preanuncio del gozo pascual que se aproxima. “Alégrate Jerusalén”, expresa el profeta Isaías en la antífona de entrada de la Misa. Y con esta luz se puede meditar en los textos bíblicos. La alegría de Dios y del profeta Natan, al encontrar al elegido y ungido, el futuro rey David, como pastor de su pueblo. La misma alegría irradia el ciego de nacimiento, cuando Jesús cura su ceguera y lo reconoce como el Señor e Hijo de Dios. Pero el tema central de esto domingo es la luz. Jesús mismo se autoproclama: “Yo soy la luz del mundo” y porque es la luz, puede devolverle la vista al ciego. Este mendigo pobre, va haciendo un proceso de fe. El Señor realiza este milagro en día sábado, prohibido por la ley. El hecho de hacer barro con la saliva, en la mentalidad estrecha de los fariseos, ya era considerado un trabajo, y por lo tanto algo ilícito.

El mendigo obedece al Señor, y se va a lavar a la piscina de Siloé, que significa enviado, porque el mismo Jesús ha sido enviado por el Padre para sacar a la humanidad de las tinieblas del pecado y la oscuridad. El milagro era tan evidente y tan público, que los fariseos no se convencen de que Jesús haya devuelto la vista al ciego de nacimiento. Dice el texto: “los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego” Tienen que llamar a los padres del ciego para pedir explicaciones. Era tanta su ceguera que deciden expulsar al pobre mendigo.

En este camino de fe que va haciendo el ciego curado, llama primero a Jesús, un hombre, luego un profeta, hasta reconocerlo como el Hijo de Dios y Señor, porque sus ojos se encontraron con los divinos ojos, de aquel que le devolvió la luz de la visión. “Creo Señor, y se postró delante de El.  No solo recuperó la luz de los ojos, sino que ahora tenía los ojos nuevos de la fe, que pueden confesar su adoración.

El poder misericordioso de Jesús, vence por un lado la enfermedad de la ceguera, y por otro choca con la barrera del pecado de incredulidad, y dureza de corazón de los fariseos. El ciego puede repetir con San Pablo, en la segunda lectura: “Antes, era tiniebla, pero ahora son luz en el Señor”

 Los nuevos ciegos

Dice el Señor en el evangelio: “He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven” Esta sentencia es como un resumen del milagro del Señor. Hoy los ciegos espirituales son los que no quieren ver, porque se cierran a la luz, a la verdad, y al bien.

El tema de luz, esta relacionado con el sacramento del bautismo. Antes se llamaba a este sacramento “iluminación” porque el Señor llenó de luz y santidad el alma. Es la razón por la cual los padrinos sostienen la vela encendida, signo de Jesús resucitado, luz del mundo, para mostrar que los niños bautizados son santos, no tienen pecado. Por eso a los santos, también le encendemos velas, para pedir su intercesión y auxilio. Si todos nacemos con los ojos cerrados a este mundo, y lentamente lo vamos abriendo, nosotros nacemos sin la luz de Dios, hasta que iluminados por el bautismo nos convertimos en hijo de la luz. Pero necesitamos seguir reconociendo como el ciego a Jesús, como Señor e Hijo de Dios. Cuando la palabra de Dios y la confesión purifican la mirada y el corazón, podemos comenzar a mirar con sentido sobrenatural a los hombres, las cosas y los acontecimientos.

Cuando por la gracia de Dios, el hombre se encuentra con Jesús, tiene una visión distinta de las cosas. A lo mejor antes pasaba por una Iglesia, veía un crucifijo, alguien leer la palabra de Dios, a un sacerdote o religiosa, pero no le decía nada. Pero como el mendigo ciego, que confiesa con fe al Señor, ahora puede encontrar el sentido a los hechos, y ver al Señor escondido en el hermano y los sucesos.

Dirá muy bien la primera lectura: “Dios no mira como mira el hombre; porque el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón” Como le sucedió al profeta Natan al examinar a los hijos de Jesé, para la misión que Dios le había asignado, de ungir al elegido, se quedó con las apariencias. Así a nosotros, podemos quedarnos con lo exterior de las personas y juzgarlas apresuradamente.

Un joven grafico magníficamente las siete maravillas del mundo, que no eran las históricas o actuales. Las siete maravillas del mundo son: ver, oír, sentir, oler, gustar, conocer y amar. Es realmente así. Agradezcamos a Dios la posibilidad de ver, y pidamos que nos aumente la visión de la fe, los ojos del alma. Necesitamos purificar y mortificar la vista de tantas cosas que entran por la ventana de los ojos, especialmente, la violencia, la blasfemia, y la pornografía, que ensucian la capacidad volar alto. Las pasiones desordenadas, ciegan el corazón, como las discusiones violentas, hasta un amor imposible se convierte en ceguera cuando realiza cosas imprevisibles y desacertadas. Hoy también pueden caminar por este mundo, muchos que ven, pero son ciegos espirituales. Como los ciegos de verdad, que desarrollan otros sentidos, de la misma manera los que comienzan  a ver con los ojos de la fe, desarrollan el sentido de la audición para escuchar la palabra de Dios que le habla al corazón.

Pidamos al Señor su gracia, para ayudar a tantos que necesitan formación religiosa para que desarrollen el don de la fe. Porque alguien escribió: “Un rayo de luz puede disipar millones de sombras”

Padre Luis Alberto Boccia. Cura Párroco. Parroquia Santa Rosa de Lima. Rosario

 

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