Domingo 3° de Cuaresma. Ciclo A. 15 de Marzo de 2020

3º Domingo de Cuaresma. Ciclo A. domingo 27 de Marzo de 2011

Ex  17, 3-7          “Tú golpearás la roca, y de ella brotará agua para que beba el pueblo”

Rom 5, 1-2. 5-8  “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo”

Jn 4, 5-42            “El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna”

Evangelio

Jesús llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José. Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía. Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: Dame de beber. Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos. La samaritana le respondió: ¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos. Jesús le respondió: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: Dame de beber, tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva. Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales? Jesús le respondió: El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna. Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla. Jesús le respondió: Ve, llama a tu marido y vuelve aquí. La mujer respondió: No tengo marido. Jesús continuó: Tienes razón al decir que no tienes marido, porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad. La mujer le dijo: Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar. Jesús le respondió: Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad. La mujer le dijo: Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo. Jesús le respondió: Soy yo, el que habla contigo.

En ese momento llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al verlo hablar con una mujer. Sin embargo, ninguno le preguntó: ¿Qué quieres de ella? o ¿Por qué hablas con ella? La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías? Salieron entonces de la ciudad y fueron a su encuentro. Mientras tanto, los discípulos le insistían a Jesús, diciendo: Come, Maestro. Pero él les dijo: Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen. Los discípulos se preguntaban entre sí: ¿Alguien le habrá traído de comer?  Jesús les respondió: Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra. Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega. Ya el segador recibe su salario y recoge el grano para la Vida eterna; así el que siembra y el que cosecha comparten una misma alegría. Porque en esto se cumple el proverbio: Uno siembra y otro cosecha. Yo los envié a cosechar adonde ustedes no han trabajado; otros han trabajado, y ustedes recogen el fruto de sus esfuerzos. Muchos samaritanos de esa ciudad habían creído en él por la palabra de la mujer, que atestiguaba: Me ha dicho todo lo que hice. Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días. Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra. Y decían a la mujer: Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo.

Comentario

La sed de Dios

Los domingos de cuaresma son una formidable catequesis bautismal, donde se resalta un aspecto importante de este sacramento. Las lecturas tienen como eje el tema del agua. El evangelio de este tercer domingo, es conocido como el encuentro de Jesús con la Samaritana.

Desde 1992, la O.N.U ha declarado el 22 de marzo como día mundial del agua, para hacer tomar conciencia a los pueblos y personas, la importancia de este recurso humano natural, que falta en tantas naciones, que se desperdicia egoístamente en otras y se contamina irresponsablemente en el mundo.

La primera lectura presenta la queja del pueblo de Israel a Moisés ante la falta de agua en su peregrinar por el desierto: “¿Para qué nos hiciste salir de Egipto? ¿Sólo para hacernos morir de sed, junto con nuestros hijos y nuestro ganado? Moisés acude a Dios, y el Señor interviene en favor de su pueblo, a través de un prodigio: El agua brota de una roca, cuando Moisés la golpee con su bastón.

En el evangelio, es Jesús el que padece sed. Luego de un largo camino, se detiene a descansar en el brocal del pozo de Jacob, que había construido el Patriarca para el, sus hijos y animales. El Señor se dirige a Galilea, y elige el trayecto más corto, pasando por tierras de Samaría. Desde la población de Sicar, a un kilómetro del pozo de Jacob, se acerca una mujer con su cántaro a sacar agua. Jesús le dice: “Dame de beber” La mujer se sorprende de que un judío le pida agua, ya que entre estos pueblos había un odio ancestral, que arranca desde el exilio de Israel en Babilonia, donde algunos hebreos se quedaran bajo el dominio extranjero y se mezclaron con otros pueblos paganos que ocuparon sus tierras. Esa es la razón por la cual, los judíos consideraban a los samaritanos, como herejes y sectarios, al mezclar su sangre con pueblos paganos e idólatras. En este largo dialogo de Jesús con la samaritana, el Señor la va llevando con maestría y pedagogía a la fe y a la conversión. Le despierta la sed de El mismo, la sed de eternidad, la sed del agua viva de la gracia. Ella estaba seca por su vida de pecado, y Jesús riega su alma con el rocío de su palabra y la fecundidad de su misericordia.

La Samaritana va descubriendo lentamente el rostro divino de Jesús. Lo llama judío, luego Señor, Profeta, hasta darse cuenta que estaba frente al Mesías, que tanto esperaba. Jesús no solo convierta a una pecadora sino que envía a una evangelizadora entre sus propios hermanos samaritanos, para que se encuentren con El, y descubran, que es el Salvador del Mundo. De esta manera el Señor rompe la barrera de los prejuicios y las fronteras de las rivalidades.

La sed de almas

San Pablo dirá en la segunda lectura dos frases con profundo contenido teológico y espiritual: La primera: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado. Este amor de Dios es el que trae Jesús al mundo y quiere derramarse, como agua viva, en la pobre tierra de nuestros corazones. Este amor de Dios, se concreta en el supremo testimonio de Jesús, al dar la vida por los pecadores, por nosotros, la samaritana y cada uno. Así entendemos mejor la segunda frase: “Pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores”

Si el hombre tiene en su corazón sed de infinito, sed de Dios, muchos más tiene Jesús por nosotros. El tiene sed de almas, se de salvación, sed de misericordia. Por eso cuando uno se encuentra verdaderamente con Jesús en su vida, ya se terminaron todas las búsquedas.

Esta sed de almas, es la que lleva a expresar a San Josemaría Escrivá de Balaguer que de cien almas, me interesan las cien. Un alma, un hermano, vale todo al sangre de Cristo. Y esto el diablo también lo sabe. Para llevar como Jesús los hermanos a Dios, es importante recordar, que no es una tarea solo nuestra, es un don de Dios, que quiere donarse al prójimo sediento, que esta abrevando en charcos de mundanidad  y pecado, pudiendo saciarse con el agua viva y fresca de Jesucristo.

La samaritana reconoce, cuando el Señor lee su alma, que el hombre que tenía no era su marido, porque ya había tenido cinco. En esto fue sincera. Y es lo que necesitamos nosotros: dejarnos iluminar y cuestionar por Jesús, para que el agua de su Palabra, purifique el corazón de los pecados y así como canales limpios podemos ver en el amigo, vecino, pariente, alguien a quien llevar la alegría del Reino.

La sed de almas, se va bebiendo cada día en la fuente de la oración, la palabra y los sacramentos, que como manantial inagotable, calman y sostienen la sed de apostolado.

En el bautismo fuimos incorporados a Jesucristo, sumergiéndonos en su misterio pascual, convirtiéndonos en miembros de la Iglesia, su Cuerpo. Esta agua de la gracia bautismal, puede secarse por el pecado, estancarse por la tibieza o fluir como un rió de vida, cuando el corazón esta vibrante y activo.

La cuaresma es un tiempo propicio para saciar la sed de Dios en el costado abierto de Jesús, donde brotó sangre y agua, signos del sacramento del Bautismo y la Eucaristía y la sed de almas, a muchas samaritanas y samaritanos que están buscando solo agua material de este mundo y no el agua viva de Dios.

Padre Luis Alberto Boccia. Cura Párroco. Parroquia Santa Rosa de Lima. Rosario

 

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