Domingo 17°. Tiempo durante el Año. Ciclo A. Domingo 26 de julio de 2020

Domingo 17º durante el año. Ciclo A. domingo 26 de julio de 2020

Rey  3, 5-6ª. 7-12                   “Has pedido discernimiento”

Rom  8, 28-30                        “Nos predestinó a reproducir la imagen de su Hijo”

Mt  13, 44-52                         “Vende todo lo que posee y compra el campo”

Evangelio

Jesús dijo a la multitud: El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró. El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Comprendieron todo esto? Sí, le respondieron.
Entonces agregó: Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo.

Comentario

El don del discernimiento

“Pídeme lo que quieras” Es la petición que le hace Dios al joven Salomón, el sucesor del Rey David, su hijo, que alcanzará el trono luego de una serie de vicisitudes. Esta orden de Dios a través de la aparición en el sueño, es también un desafío para el corazón del Rey y también para nosotros. Es una manera de probar que valores, y que riquezas hay en nuestro corazón para responder al Señor. En concreto: ¿Qué pediríamos a Dios cada uno de nosotros? Hoy se escucha decir y el canto popular lo expresa, como un sentimiento: “Tres cosas hay en la vida, salud, dinero y amor”. Aunque en sí mismas son cosas buenas, globalmente son menos importantes. Salomón reconoce la difícil misión a la cual ha sido elegido, su inexperiencia y su juventud, por eso acierta a pedir lo más necesario mirando a su pueblo: “Concede entonces a tu servidor un corazón comprensivo, para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal” Esto agradó a Dios, dice el texto de la primera lectura y el Señor responde: “Porque tú has pedido esto, y no has pedido para ti una larga vida, ni riqueza, ni la vida de tus enemigos, sino que has pedido el discernimiento necesario para juzgar con rectitud, yo voy a obrar conforme a lo que dices: Te doy un corazón sabio y prudente, de manera que no ha habido nadie como tú antes de ti, ni habrá nadie como tú después de ti”

El discernimiento, para juzgar moral y espiritualmente con  rectitud, es propio del gobernante sabio y prudente. Dios le va a conceder este don de sabiduría a Salomón y se lo va a reconocer en la historia por su gran autoridad. En el evangelio de San Mateo, se hace mención justamente de este rey: “El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra esta generación y la condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay alguien que es más que Salomón” (Mt 12,42)

Recordemos, ante el don de discernimiento, cuando tendremos que cumplir un acto eleccionario, o elegir candidatos a la cosa pública y por extensión a todos los que tienen un cargo de gobierno, lo que han dicho los Obispo, en una oportunidad sobre este tema:

Por eso el voto debe ser  una contribución al bien común, al bien de las personas, de las familias y de las diversas entidades que constituyen la sociedad civil (cfr. CEA, 8.X.99), particularmente conociendo a quienes vamos a elegir; así como teniendo en cuenta  si en los  contenidos de sus propuestas: 

1- Se comprometen por la vida en toda su extensión,  desde la concepción hasta la muerte natural;  promueven el cuidado de la salud de la población, especialmente de los más débiles y carecientes,  y luchan contra el flagelo de la droga, que es como una mancha de aceite que lo invade todo (D.A nº 422);

2- Sostienen la dignidad de la persona, y el verdadero sentido de la familia, con sus derechos y deberes; tutelan la primacía del hombre en toda la actividad económica, dispuestos a promover las fuentes de trabajo y el derecho de los que trabajan; y si favorecen con sus propuestas a los excluidos socialmente, como los rostros sufrientes que  nos duelen (D.A.nº407);

3- Si aseguran el acceso a la educación como un verdadero derecho para todos, y la libertad de enseñanza, que permita  a cada familia elegir la forma de educar a sus hijos; así como si promueven la administración eficaz de la justicia.                                     

4- Si  garantizan la libertad religiosa, que constituye un derecho inalienable de toda persona, abierta a los valores del espíritu y a Dios; y si van a fortalecer la unidad nacional y la paz a través del diálogo y los medios que la aseguren y fortifiquen.

Nuevas parábolas

El evangelio presenta tres nuevas parábolas; la del tesoro escondido, la de la perla y la de la red. Hacen referencias a la actitud y decisión del hombre ante el Reino de Dios anunciado y comunicado por Jesús. El tesoro escondido y la perla preciosa no es otra cosa que el mismo Jesús. En la vida uno puede encontrarse con el Señor y su reino, de modo inesperado, como un don gratuito,  que al conocerlo deslumbra, cautiva y fascina el alma, como sucedió con la vocación de los apóstoles y discípulos, que con decisión dejan todo, para adquirir el camino del evangelio.  Pero también puede ocurrir que sea una búsqueda empeñosa y perseverante, como aquel mercader que encontró la perla fina que tanto deseaba, y vendió todo hasta comprarla. En ambos casos, encontrar y poseer a Jesús en un don que causa alegría al alma, y la llena de plenitud.

Entre tantos placeres posibles y ofertas materiales, que deslumbran en el mundo de hoy, droga, fama, poder, dinero, moda, etc.,  el evangelio presenta nuevamente el verdadero tesoro y la verdadera perla que no perecerán: la palabra de Dios, fuente de sabiduría, y la Eucaristía, fuente de fortaleza. Este es el alimento del discípulo, que cada día haced el esfuerzo de recibir.

Cuenta la historia que unos buscadores de oro, luego de tantos días de camino, se encontraron con unas pepitas de oro, que los hizo gritar de alegría. Hicieron un pacto de silencio para que los demás no se enteraran. Llegaron al pueblo más cercano para comprar comida y herramientas. Luego de un breve descanso volvieron al lugar, y se encontraron que luego de un rato vieron venir a algunos pobladores que los sorprendieron con su llegada. Uno le pregunto, como descubrieron el lugar si nosotros no le dijimos a nadie. Fue muy sencillo, respondió un lugareño: vimos brillar sus ojos cuando fueron al pueblo. Y pensamos estos descubrieron seguramente oro.

Algo también ocurre en la vida, cuando encontramos al Señor, también comienzan a brillar nuestro ojos, que reflejan el tesoro que tenemos adentro y que se trasluce en la existencia cotidiana. En el amor humano ocurre algo parecido. Cuando dos novios enamorados se están por casar brillan sus ojos de gozo y alegría. El salmo 118 también responde a esta idea: “El Señor es mi herencia; yo he decidido cumplir tus palabras. Para mi vale más la ley de tus labios que todo el oro y la plata… yo amo tus mandamientos y los prefiero al oro mas fino.

Decía el poeta: “El que busca buen trigo, lo encuentra en la espiga, el que busca oro fino, lo encuentra en  la mina, el que busca a Jesús, lo encuentra en María”. Ella es el otro tesoro

Este es el desafió constante, encontrar y tener a Jesús, como don de Dios y  gracia. Es el llamado a la Santidad, que nos invita a vivir y experimentar San Pablo en la segunda lectura: “A los que Dios conoció de antemano, los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo” Y de eso se trata, reproducir la imagen de su Hijo, ser otros Cristos, para que el mundo crea. Así también se expresa el libro camino, de San Josemaría Escrivá de Balaguer. “Ojala fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte halar: éste lee la vida de Jesucristo” (Nº 2)

Padre Luis Alberto Boccia. Cura Párroco. Parroquia Santa Rosa de Lima. Rosario

 

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