Homilía del 2° Domingo de Cuaresma Ciclo A. 2020

2º Domingo de Cuaresma. Ciclo A. domingo 20 de marzo de 2011

 

Gn 12, 1-4a          “El Señor dijo a Abraham: Deja tu tierra natal y la casa de tu padre”

2 Tim 1, 8b-10     “Porque él destruyó la muerte e hizo brillar la vida incorruptible”

Mt 17, 1-9            “Se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol”

Evangelio

 

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo.
Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: Levántense, no tengan miedo. Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.

 

Comentario

 

Hacia la pascua

 

La cuaresma es un recorrido, un itinerario hacia la Pascua, un camino bautismal. Jesús, al comienzo de su vida pública, se preparó con la oración y el ayuno, estando cuarenta días en el desierto, permitiendo la tentación de Satanás para hacer también, con la fuerza del Espíritu, su camino pascual, hacia el misterio amoroso, de su muerte y resurrección.

La vida humana, como se ha dicho, es como un viaje. La meta final, es el cielo, la vida eterna, la pascua definitiva. Pero podemos decir con verdad, que cada domingo es la pascua semanal, cuando participamos en la santa misa. Ahí también Jesús, nos espera y nos lleva a celebrar su manifestación, su transfiguración, como lo hizo con algunos discípulos. “Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevo aparte a un monte elevado”, dice el evangelio de este segundo domingo de cuaresma.

Los apóstoles se sorprendieron al verlo transfigurado. Lo conocían en su humanidad, siendo testigos de sus enseñanzas, y milagros, de su cansancio y su oración, de sus comidas y sus viajes. Pero nunca lo habían visto, irradiando luz. Ese momento fue como un anticipo del cielo, y un consuelo, luego del anuncio de su pasión. Así lo describe San Mateo: “Su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz”

El Papa Juan Pablo II, siervo de Dios, y prontamente Beato, cuando sea elevado a la gloria de los altares, el 1º de mayo del corriente año, añadió a los misterios del santo rosario, los misterios luminosos, que son algunos momentos importantes de la vida pública del Señor. El cuarto, es justamente el misterio de la transfiguración, que hoy celebra la liturgia, y que también festejará como fiesta el 6 de agosto.

Escuché una vez a un sacerdote decir, que nuestra vida es como un rosario. La existencia humana, va pasando por distintas etapas, a veces entremezclada, que reflejan la contemplación de la vida del Señor. Son misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos, y que también son los misterios de nuestra vida.

El Señor lleva a los tres apóstoles, que estarán también en la noche de la agonía en Getsemaní, para ser testigos de su divinidad, oculta a los ojos humanos, y revelada en esa montaña, que la tradición identifica como el monte Tabor.

La montaña es un lugar alto de la creación y una meta con dificultades para subir. Es también un indicador, un signo, de que la realidad humana, es un largo caminar, con caídas y tropiezos, para llegar a la cumbre de la vida. En este camino, no estamos solos. El Señor nos guía y acompaña, nos anima y nos levanta, como hizo con sus discípulos. De esta manera, nuestra esperanza, que es Dios, ilumina toda la vida, al saber lo que nos tiene preparado el Señor para aquellos que le aman.

 

La vestidura blanca

«Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré…Abraham partió, como el Señor se lo había indicado” Este pasaje que presenta la primera lectura nos habla de un encuentro, de una manifestación, de una revelación de Dios, al Patriarca Abraham. Dios le hablo a su conciencia, a su corazón, lo sorprendió en su vida y le cambió el rumbo de su historia. Dócil a esa voz, emprende la marcha de la fe, creyendo fielmente en su palabra. Abraham fue testigo también de esa especie de transfiguración invisible, que transformó su alma y su destino. Dirá San Pablo en la segunda lectura: “Esa gracia que nos concedió en Cristo Jesús, desde toda la eternidad, y que ahora se ha revelado en la Manifestación de nuestro Salvador Jesucristo”. También nosotros hemos tenido momentos de gloria, de intenso gozo espiritual, de transfiguración. El primer momento de esta manifestación del Señor, fue en el bautismo, donde al pasar por el agua bendecida, el alma se purificó del pecado original, y fue santificada por la gracia divina, siendo el alma toda luz, y blanca como la nieve. Ese es el sentido de la vestidura blanca que coloca el sacerdote sobre el nuevo bautizado, exterioriza con esa vestidura, lo que ocurrió interiormente en el alma del niño. Dios Padre, Hijo, y Espíritu Santo, tomaron posesión, inhabitaron en aquel que fue bautizado.

“Que esta vestidura blanca sea el signo de tu dignidad y con la ayuda de tus familiares logres mantenerla inmaculada hasta la vida eterna” dice la oración sobre la imposición de la vestidura blanca.

Esa experiencia de luz, de gloria de cielo, de plenitud, que irradiaba el hijo de Dios, cautivo al apóstol Pedro, que exclamó: “¡qué bien estamos aquí!” Efectivamente, cuando estamos con Jesús, estamos bien, y vamos bien, por más que nos ocurran cosas difíciles y estemos sumergidos en problemas cotidianos. Solo el pecado nos desfigura la vida y solo Dios, nos transfigura el alma

 

Es la hora de bajar

 

En esa epifanía de Jesús, o manifestación de Dios, aparecen dos testigos  y figuras históricas del Antiguo Testamento, dos hombres que también estuvieron 40 días en oración, e hicieron su cuaresma interior. Moisés, que representa la Ley, y Elías, que representa a los profetas. En el medio Jesús, al que ahora hay que escuchar, como dice la voz del Padre. El es la nueva Alianza, El es ahora el Nuevo Testamento. El no vino a abolir la ley y los profetas sino a darle plenitud. El es el nuevo sacerdote, que reemplaza con sus vestiduras blancas a los sacerdotes del antiguo rito.

La escena de la transfiguración, será cambiada por la escena de la crucifixión, en otro monte, el calvario y acompañado de otros dos personajes, que estarán a su lado: los dos ladrones, hasta llegar a la gloria de la resurrección, junto a aquellos que estaba reservado sentarse a su derecha y a su izquierda: San José y Santa María.

Como en el bautismo de Jesús en el río Jordan, aquí también, se revela la Santísima Trinidad, en la nube, figura del Espíritu Santo que cubrió con su sombra a la Santísima Virgen y acompaño en el desierto al pueblo de Israel, y en la voz del Padre, que señala a Jesús, como su verdadero Hijo, a quien ahora hay que escuchar. Luego del gozo y alegría de ese momento, el Señor los hace bajar del monte, para que guarden este secreto, en la humildad de sus corazones y en la discreción de su experiencia, para volver al llano, a la vida de todos los días, al camino del trabajo y del apostolado. Quedará grabada en los ojos de los apóstoles esta transfiguración del Señor, que significa, como lo indica la palabra, su cambio de figura.

En este mundo, el pecado por un lado desfigura el alma, la ensucia y la afea, por otro lado intenta figurarse en la vida, buscando protagonismo, deseando notoriedad, y aparentando lo que no se es. En cambio el amor de Dios hace que el alma se transfigura, se colme de luz e irradie transparencia y alegría. Así obra en nosotros la eucaristía, que por el milagro de la conversión del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Jesús, cambio que la Iglesia llama transustanciación, hace que el alma se llene de gracia y se nos conceda una prenda de la vida eterna.

Pero estamos llamados a transfigurar los ambientes, las personas, las situaciones, con la luz de la palabra, la fuerza de la oración, la acción de los sacramentos, y la alegría serena de un rostro que irradia paz y esperanza para los demás.

Oración: “Señor, cada domingo camino hacia la Iglesia para encontrarme contigo, Señor Resucitado y Transfigurado. Bajo contigo en el corazón, para irradiarte al mundo y para que otros, pueda, encontrarte a Ti, y de esa manera puedan decir: Que bien estamos aquí. Que bien estamos con El”

 

Padre Luis Alberto Boccia. Cura Párroco. Parroquia Santa Rosa de Lima. Rosario

 

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