Domingo 10º C. P. Luis

Domingo 10º del tiempo durante el año. Ciclo C. domingo 9 de junio de 2013

1º Re 17, 17-24                   “Mira, tu hijo vive”

Gal 1, 11-19                         “Se complació en revelarme a su Hijo, para que yo lo anunciara”

Lc 7, 11-17                           “Joven, yo te lo ordeno, levántate”

 

Evangelio

Jesús se dirigió a una ciudad llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud. Justamente cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, llevaban a enterrar al hijo único de una mujer viuda, y mucha gente del lugar la acompañaba. Al verla, el Señor se conmovió y le dijo: «No llores». Después se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron y Jesús dijo: «Joven, yo te lo ordeno, levántate». El muerto se incorporó y empezó a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre.

Todos quedaron sobrecogidos de temor y alababan a Dios, diciendo: «Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su Pueblo». El rumor de lo que Jesús acababa de hacer se difundió por toda la Judea y en toda la región.

 

Comentario

 

El Milagro de Naím

Luego de las Solemnidades de la Santísima Trinidad y del Corpus Cristi, retomamos el domingo 10º del tiempo ordinario o durante el año, que nos acompañará hasta cerrarse con la festividad de Cristo Rey, conclusión del año de la Fe, que será el 24 de noviembre.

El evangelio de la liturgia de este día, es conocido como la resurrección del hijo de la viuda de Naím, que solo trae el texto de San Lucas. Jesús realizó tres resurrecciones, la de su amigo Lázaro, (Jn 11, 1-44) la de la hija de Jairo, (Mc 5, 22-43) y la de este joven.

En el contexto de la escena, Jesús había curado en Cafarnaúm, al siervo del Centurión Cornelio, y en el camino de dirigió a una pequeña aldea, al sur de Galilea, llamada Naím, a 32 Km de aquella ciudad. Naím nunca es citada en la Biblia, solo en este pasaje. Su nombre significa, la bella la graciosa. Lo acompañaban los discípulos y una gran multitud. Al entrar en la población, cuando se acercaba a la puerta, dice el texto, vieron una comitiva de gente que llevaba un joven muerto a enterrar, hijo único de una madre viuda.

Los entierros normalmente tenían lugar la tarde del mismo día de la muerte y cuando se producían estos encuentros, era costumbre esperar y dejar paso al cortejo fúnebre. El cementerio estaba situado, como era normal entre los hebreos, a cierta distancia de las viviendas, fuera de los poblados.

Jesús vio a la madre del joven llorando, y se conmovió, se compadeció de  esa situación y calmó a la mujer, diciendo: “No llores”. Pero no solo la consoló con estas palabras sino que se acercó, tocó el féretro, que consistía en unas sencillas parihuelas, camilla o cama portátil,  en la que se llevaba el cadáver envuelto en una sábana, y dijo: “Joven, yo te lo ordeno, levántate” Y ante la sorpresa de todos, el muerto se incorporó y empezó a hablar.

Traigo el hermoso comentario de San Josemaría Escrivá de Balaguer, en el libro, es Cristo que pasa (nº 166)

“Jesús podía haber pasado de largo o esperar una llamada, una petición. Pero ni se va ni espera. Toma la iniciativa, movido por la aflicción de una mujer viuda, que había perdido lo único que le quedaba, su hijo.

            El evangelista explica que Jesús se compadeció, quizá se conmovería también exteriormente, como con la muerte de Lázaro. No era, no es Jesucristo insensible ante el padecimiento, que nace del amor, ni se goza en separar a los hijos de los padres; supera la muerte para dar vida, para que estén cerca los que se quieren, exigiendo antes y a la vez la preeminencia del Amor divino que ha de informar la auténtica existencia cristiana

            Cristo conoce que le rodea una multitud, que permanecerá pasmada ante el milagro e irá pregonando el suceso por toda la comarca. Pero el Señor no actúa artificialmente, para realizar un gesto, se siente afectado por el sufrimiento de aquella mujer, y no puede dejar de consolarla. En efecto, se acercó a ella y le dijo: No llores. Que es como darle a entender; no quiero verte en lágrimas, porque yo he venido a traer a la tierra el gozo y la paz. Luego tiene el lugar el milagro, manifestación del poder de Cristo Dios. Pero antes fue la conmoción de su alma, manifestación evidente de la ternura del Corazón de Cristo Hombre”

Dice San Lucas, que luego del milagro, Jesús le entrego el joven a su madre. San Agustín en el Sermón 98, 2, comenta que aquella madre es imagen de la Iglesia, que se alegra cada día con sus hijos pecadores que vuelven a la vida de la gracia.

Concluye el texto diciendo: “Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su pueblo”. Alguien recordaría que también Elías había resucitado al niño de otra mujer viuda en Sarepta, ciudad fenicia y pagana, situada a unos 15 km al Sur de Sidón,  como trae la primera lectura.

El Dios de la Vida

Se dice que Cana, es el símbolo del Matrimonio, Nazaret, del hogar, y Naim de la viudez. Ante la procesión de muerte, no solo del hijo sino también del corazón de la madre, Jesús, avanza con la procesión de la vida. Porque El es la Resurrección y la Vida. La resurrección del joven, es un anticipo de su propia resurrección y la resurrección de los muertos, cuando regrese el Señor.

En los momentos de dolor y sufrimiento, el sacerdote y los cristianos tenemos que estar presentes, acompañar, no solo como ministros del consuelo y del alivio, sino con palabras, silencio y gestos de caridad y cercanía. Esto sucede ante dramas de la vida, pero también ante el misterio de la muerte, cuando se tiene que sostener el dolor de la familia por la muerte de un hijo, padre, madre, hermano, familiar o amigo. La visita a la casa velatoria, o la oración en el cementerio o en templo son momentos fuertes y evangelizadores para la familia. Ante la muerte, la respuesta es Jesús, muerto y resucitado, y la esperanza de la gloria. Estamos llamados a catequizar el duelo y sostener con la plegaria y el don del consuelo a las familias

El respeto por la sepultura de los cadáveres es una recomendación querida por la Iglesia. En el código de Derecho Canónico, en la sección de las exequias eclesiásticas dice al respecto, el canon 1176, admitiendo la cremación, lo siguiente

Los fieles difuntos han de tener exequias eclesiásticas conforme al derecho.

Las exequias eclesiásticas, con las que la Iglesia obtiene para los difuntos la ayuda espiritual y honra los cuerpos, y a la vez proporciona a los vivos el consuelo de la esperanza, se han de celebrar según las leyes litúrgicas.

La Iglesia aconseja vivamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos; sin embargo, no prohíbe la cremación, a no ser que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana

Concluimos esta reflexión con el hermoso texto del prefacio de difuntos 1 del Misal Romano:

“En Cristo, brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección; y así a quienes la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad. Porque para los que creemos en ti, la vida no termina sino que se transforma, y al deshacerse esta morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”

Padre Luis Alberto Boccia. Cura Párroco. Parroquia Santa Rosa de Lima. Rosario

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *